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Urbanismo • Ed. mayo, 2022

¿A QUIÉN LE TOCA QUÉ? EN VÍSPERAS DE ELECCIONES MUNICIPALES Y REGIONALES

Esta pregunta está muy mal respondida en nuestro sistema de responsabilidades y también en el de contrataciones, tanto de estudios como de obras.

En primer lugar, no hay claridad de competencias entre los poderes.

Los sectores del gobierno central son unos 20, las regiones 25 y los municipios más de 2,000.

Esas jurisdicciones y sus perímetros son ya muy inactuales: lo que está delimitado administrativamente no son los espacios de la solución posible, porque los problemas comienzan y terminan mucho más allá de esas fronteras que ya son entelequias.

Hoy las ciudades son territorios extensos, que rebasan esas ya muy viejas delimitaciones. En Lima-Callao, por ejemplo, que es una sola realidad metropolitana, hay 50 distritos y 2 Regiones. Y la realidad efectiva de los fenómenos va bastante más allá y suma provincias cercanas al Norte, al Este y al Sur.

Solamente un distrito de los 43 de Lima; San Juan de Lurigancho, tiene una población equivalente a las segundas ciudades más pobladas del Perú después de Lima: Trujillo y Arequipa. Más de un millón de personas.

Aunque la Constitución dice que las ciudades, es decir sus municipios, son los responsables del desarrollo urbano, en la práctica en las ciudades ocurre que las decisiones ministeriales, sectoriales, alteran los escenarios, las causas y los efectos. Las ciudades manejan muy poco. Ese viejo ninguneo al poder local hace que ellas crezcan y se alteren por decisiones que ellas no toman y que a veces ni conocen.

Abundan interferencias y espacios con más de un responsable.

Planificar, crear programas y conseguir proyectos se vuelve lento y fatigante. Las supuestas “soluciones” a los crecientes problemas llegan varios años tarde a volverse meros paliativos a problemas que ya son mayores y necesitarían otras respuestas que eso que se daba como receta: aspirinas para cánceres. Que podrían haberse revertido, pero antes y con otras propuestas que lo que termina haciéndose.

Ese evidente colapso, estos días, en Lima, de una obra vial muy grande y cara, que prolonga viejos errores de criterio, evidencia que nuestra inversión pública sirve muy poco.

No es Lima la única que falla en esa obvia discordancia entre problemas reales que se vuelven crecientes y esas “soluciones” que no curan males sino los maquillan.

La lista es larga: Piura, Chiclayo, Trujillo, Callao, Ica, Arequipa, Tacna, Puno. Juliaca, Cusco, Huancayo, Cajamarca… Iquitos… nuestras ciudades mayores fallan demasiado y ofrecen muy poco en calidades de vida y oportunidades.

Y las amenazas de crisis, de poca sostenibilidad, de riesgos ante desastres, de inseguridad en diversas formas, todo eso prueba que nuestro Estado y sus espacios de gestión, su institucionalidad, está en crisis.

Lo que frena entonces que la inversión privada se sume a la pública, a pesar de que el Perú ya tiene, en esas ciudades y otras, demandas consolidadas, muchos déficits a resolver y capacidades adquisitivas y de consumo.

Es decir, habría condiciones en el Perú para que sí haya importante inversión privada, pues la renta que ella busca sería conseguible.

Lo que no hay son escenarios fluidos y claros, y eso cercena la confianza.

Nuestra “clase política” abunda entonces en no afrontar los problemas verdaderos y más bien en entretenerse con pleitos menudos. En que casi no hay liderazgo verdadero, sino apenas un juego de aprovechamiento del poder.

De lo que cada día se comprueba una creciente desfachatez.

Y todos tememos que estas elecciones que vienen sean más de lo mismo, que con letreros colgados de todos los árboles se proponga o vaguedades o cuentos de hadas. Que se confunda, muchas veces a propósito, de qué trata ser Alcalde o Gobernador, que se venda caramelos y sebo de culebra (con S, porque se refiere a una grasa que ella no tiene).

Y a ese laberinto de que no se sabe qué le toca a quién se suma, agravándolo, el hecho de que tampoco eso lo saben ni la Contraloría, ni el Poder Judicial.

Que frecuentemente persiguen tomar decisiones. Pretendiendo que no son procedentes. Y sin duda hay un enredo enorme para entender en el Perú eso que esta pregunta del título interroga.

Y entonces nuestra burocracia prefiere no decidir y mecernos a todos, dormir, postergar, enredar… y la “tramitología” se vuelve cada vez más entreverada, cuando no abiertamente venal.

Y todo eso se traduce en esas trabas y enormes tardanzas que conocemos en las obras públicas, cuántas veces paralizadas, pese a que los escenarios son urgentes.

La respuesta a todo esto no es fácil pero sí sería urgente.

Las candidaturas deberían traer respuestas y propuestas claras

Y los gremios, la sociedad civil, debería proponer otras formas de gestión que estas telarañas.

Países vecinos las tienen. Me ha tocado comprobarlo en encuentros internacionales de urbanismo, viendo que funcionarios o diseñadores Colombianos, Chilenos, Mexicanos, Argentinos, Brasileños o Ecuatorianos sí tienen en la mano herramientas para mejorar sus ciudades y territorios.

El mismo Banco Mundial auspicia cambios y rediseños.

Cambiar nuestra institucionalidad apolillada urge.

Escrito por

Arq. Augusto Ortiz de Zevallos

AOZ ARQUITECTOS Y URBANISTAS

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