PARTE II - Ruta de salida de la pobreza en el Perú: desarrollo territorial

Geografía y pobreza: vivir a 4,000 metros

EconomíaEd. Web
Cusco
Imagen: Tandem Luxury

La vida a cuatro mil metros no es una existencia bucólica, sino una historia de supervivencia, resistencia y despojo. Que los comuneros hayan terminado viviendo a esa altura no es casualidad: es el resultado de un proceso histórico de siglos que empujó a sus habitantes hacia las cumbres.

Cuando llegaron los españoles ocuparon de inmediato los valles más fértiles —los que llamarían metafóricamente ‘valles de oro’— porque eran los más productivos y biológicamente cómodos.[1] Muchas poblaciones indígenas, en parte para escapar de las enfermedades, la esclavitud de la Encomienda y el sistema de tributo, y en parte empujadas por la presión colonial, se refugiaron en las zonas de puna.[2] La altura funcionó como una fortaleza natural: a cuatro mil metros, los caballos españoles no rendían igual y los europeos no se aclimataban. La gente prefirió el frío extremo a la servidumbre.

Luego vinieron las reducciones del virrey Toledo en 1570, que ordenó trazar los pueblos a la usanza española para controlar a la población.[3] Aunque se crearon muchos asentamientos en valles, otros se fundaron junto a las minas. La mayoría de estas —Potosí, Huancavelica— estaban en las alturas, y miles de familias fueron movilizadas permanentemente a los bordes de los yacimientos, a cuatro mil metros o más, para asegurar la mano de obra mediante la mita.

Después vino la expansión de las haciendas durante los siglos XVIII y XIX: el episodio quizás más cruel. Los grandes hacendados se apropiaron de las mejores tierras del valle. El empuje hacia la ladera fue la única opción que quedó. Las comunidades indígenas fueron despojadas de sus tierras bajas y fértiles; no les quedó más que subir a las laderas y, finalmente, a las mesetas de la puna, donde al hacendado no le interesaba porque solo crecía pasto y papa amarga. Muchos terminaron viviendo en las partes más altas de la hacienda a cambio de trabajar gratis para el patrón en el valle. Así se convirtieron en colonos de altura.

En 1969, con la Reforma Agraria, se entregaron las tierras a quienes las trabajaban. El problema fue que el Estado dio títulos al comunero de la tierra donde ya estaba —a gran altitud— sin implementar un plan para devolverlo a los valles ni para crear centros urbanos modernos.  La Reforma Agraria de 1969 no solo no cumplió su objetivo declarado de eliminar el minifundio[4] — lo consolidó geográficamente donde peor podía estar: en las zonas de mayor altitud, mayor aislamiento y menor viabilidad agrícola. El Decreto Ley N° 17716 concebía las cooperativas y sociedades agrarias como el instrumento para superar la parcelación improductiva, pero el modelo asociativo fracasó: desprovisto de personal técnico y gerencial, sucumbió y fue parcelado en unidades familiares por los propios asociados.[5] Sin un plan de reordenamiento territorial que devolviera a las comunidades a los valles intermedios, el título de propiedad se convirtió en un ancla geográfica, no en una palanca de desarrollo. La gente quedó titulada donde el Estado colonial la había dejado — y donde las barreras estructurales de propiedad y conectividad impiden que el crecimiento económico agregado llegue a quienes más lo necesitan.[6] 

La gente quedó congelada en la geografía del castigo colonial. El título de propiedad los ancló a un lugar donde la agricultura es de subsistencia y el frío es mortal. Las comunidades se quedaron allí por un trauma histórico de propiedad, no por elección biológica; no porque a cuatro mil metros la vida sea mejor. Están allí porque sus antepasados huyeron del abuso y porque el Estado republicano nunca tuvo un plan de ordenamiento territorial.

Cuando hoy se proponen ciudades intermedias, lo que se está haciendo es revertir ese empuje histórico. No se trata de sacar a nadie de su tierra, sino de permitirles bajar —del refugio en la puna al centro de servicios del valle que les fue arrebatado—. Es darles la oportunidad de mantener su propiedad en la altura, para ganadería, minería o fibra de alpaca, y al mismo tiempo, vivir como ciudadanos del siglo XXI en el valle.

¿Los incas vivían a cuatro mil metros?

El corazón del Imperio, el Cusco, está a 3,399 metros. Pero sus zonas de residencia y sus huertos más preciados se encontraban en el Valle Sagrado —Písac, Yucay, Urubamba—, que desciende hasta los 2,800 metros. Los incas sabían que el maíz, base de su economía, no crece bien por encima de los 3,500 metros. La élite incaica prefería el clima del valle por razones biológicas concretas: mejor oxígeno, menos frío y mayor variedad de alimentos.

A cuatro mil metros vivían las poblaciones dedicadas a la ganadería de camélidos y al cultivo de papa y quinua. No era la residencia de la nobleza, sino centros de producción especializada o puestos de control militar como los tambos. Se aplicaba el concepto de control vertical de pisos ecológicos:[7] una misma familia o grupo étnico tenía gente en la puna —para la lana y la papa— y gente en el valle —para el maíz y la coca—. Se desplazaban constantemente: no estaban atrapados en la helada.

El poblador andino, a diferencia de los españoles, sí desarrolló adaptaciones biológicas tras milenios de contacto con la altura: una caja torácica más ancha para pulmones más grandes, sangre más densa con mayor concentración de hemoglobina, y un corazón más desarrollado para bombear con mayor presión. Aun así, incluso con estas adaptaciones, el rendimiento físico y la esperanza de vida han sido siempre mejores en los valles intermedios que en la puna.

Existe la creencia popular de que los incas habitaban las cumbres. Se la asocia a ruinas como Machu Picchu —que está a solo 2,430 metros— o a la altura de las fortalezas defensivas. En realidad, los asentamientos a cuatro mil metros eran funcionales, no residenciales: los incas usaban la altura como protección militar y como almacén natural.

Las casas de los incas

Los incas no concebían la vida bajo un solo techo. Su unidad básica era la kancha: un patio cercado con varios edificios pequeños de un solo ambiente. La cocina —wayk’una— era un edificio separado del dormitorio, lo que resultaba higiénico, prevenía incendios y mantenía el humo fuera de los cuartos de descanso. Sin embargo, este diseño no resolvía el problema térmico: al no usar el fuego de la cocina para calentar el dormitorio, dependían casi exclusivamente de la ropa de fibra de camélido y del calor corporal compartido para pasar la noche.

Los incas no estructuraron sus viviendas para combatir el frío porque su modo de vida era otro: eligieron construir sus ciudades principales en los valles intermedios. Proponer hoy ciudades intermedias no es imponer un modelo ajeno a la cultura andina; es recuperar la lógica inca. El Imperio concentraba el poder, la administración y la mejor calidad de vida en los valles, y reservaba la altura para la producción especializada y el almacenamiento en frío.

Lo que existe hoy es una distorsión: millones de personas viviendo permanentemente a cuatro mil metros sin el sistema de intercambio vertical que sostenía a los incas. Están aislados. Acercarlos a ciudades intermedias es devolverles el acceso al valle que la élite inca siempre supo que era necesario para el bienestar.

¿Por qué los españoles no eligieron vivir a cuatro mil metros?

Al llegar a los Andes, los españoles enfrentaron un choque térmico radical. Venían de una arquitectura de piedra y ladrillo pensada para el Mediterráneo o las mesetas ibéricas, y tuvieron que adaptarse a vivir por encima de los tres mil metros. Su solución fue una combinación de cambios arquitectónicos y dietéticos

Los españoles transformaron la vivienda andina colonial, a diferencia de los palacios incas con áreas separadas, la cocina se  consolida como el corazón térmico de la casa: mantuvieron el fogón abierto de bosta o leña, pero dentro de habitaciones con techos más bajos y paredes muy gruesas de adobe. El adobe colonial, fabricado con paja y de mayor tamaño que el actual, era un excelente aislante. Cocinar durante horas en ese espacio permitía que las paredes absorbieran el calor y lo liberaran durante la noche. La cocina era, en esencia, su calefacción central.

En lo dietético, introdujeron el cerdo y el ganado vacuno. Las grasas animales —la manteca— y las proteínas pesadas aumentaban la termogénesis basal, es decir, el calor interno del cuerpo. El trigo y el pan también se sumaron, y los hornos de pan se convirtieron en otra fuente de calor comunal en los pueblos de altura. El telar de pedal permitió producir telas más gruesas y pesadas que las tejidas por los incas; las capas superpuestas y los sombreros de fieltro grueso completaban el sistema.

En el diseño urbano, las ciudades coloniales de altura —como la antigua Huancavelica— tienen calles muy estrechas. No era por falta de espacio, sino por ingeniería climática: las calles angostas frenan el viento gélido y crean un microclima donde el calor se conserva entre los edificios.

También se introdujo la chimenea, pero en las zonas rurales más pobres resultó un lujo caro. El campesino prefirió quedarse con el humo dentro de la casa porque el humo conservaba el calor. El poblador de altura lleva quinientos años conviviendo con el humo para no morir de frío. Por eso, cuando el Estado instala una cocina con chimenea, pero no complementa con un muro Trombe, la familia siente que le quitan la estufa y le dejan solo el fogón sin calor ambiental.

Los españoles nunca lograron vivir cómodamente a cuatro mil metros de forma permanente: fundaron sus ciudades principales en valles como el del Mantaro o el de Urubamba, que reconocieron como biológicamente más viables. Proponer hoy ciudades intermedias en valles estratégicos es, en el fondo, retomar esa misma lógica. El error de los programas actuales es el opuesto: insistir en que la gente viva en la puna con estándares de comodidad de la costa, en lugar de facilitarle el descenso a la ciudad intermedia.

El frío como ladrón de energía

Aunque el cuerpo humano es extraordinariamente adaptable, operar por encima de los 3,500 o 4,000 metros lo somete a un estrés de supervivencia constante. Los españoles, sin la adaptación genética milenaria de los habitantes andinos, detectaron rápidamente que los valles intermedios —entre 2,000 y 3,000 metros— eran el punto adecuado para el asentamiento humano. Las razones son cuatro y todas de orden biológico.

Primero, la presión parcial de oxígeno es casi un 40% menor que al nivel del mar. El corazón debe latir más rápido y la médula ósea producir más glóbulos rojos —policitemia— para transportar el escaso oxígeno disponible. Ese desgaste crónico del sistema cardiovascular se reduce significativamente en el valle intermedio, lo que se traduce en mayor longevidad y menor fatiga crónica.

Segundo, en la puna el cuerpo gasta hasta el 60% de sus calorías solo en mantener la temperatura corporal en 37°C. Por eso es tan difícil que un niño en la altura gane peso: toda la comida se quema en producir calor, no en crecer ni en desarrollar el cerebro. En el valle, esas calorías pueden destinarse al desarrollo cognitivo, el crecimiento físico y el trabajo productivo. El frío es, literalmente, un ladrón de energía.

Tercero, el ciclo del sueño no se repara en las alturas. La hipoxia —falta de oxígeno— fragmenta el descanso. Dormir a cuatro mil metros no es un proceso continuo ni reparador, sino una sucesión de interrupciones biológicas involuntarias: apnea del sueño, despertares bruscos. Como el cerebro consolida el aprendizaje y el sistema inmune se regenera durante el sueño profundo, la privación crónica de ese descanso deteriora la capacidad intelectual y las defensas del organismo.

Cuarto, la puna es el reino del monocultivo: papa o quinua, con proteína limitada y sin seguridad alimentaria diversa. El valle intermedio es una farmacia natural donde crecen frutas, hortalizas, legumbres y cereales. Los españoles fundaron sus ciudades donde la biología permitía una nutrición completa sin depender de caravanas de larga distancia.

Proponer ciudades intermedias en esos valles no es sacar a la gente de su lugar de origen: es devolverle la viabilidad biológica. Es permitir que los niños crezcan con más oxígeno, que su comida los nutra en lugar de solo calentarlos, que su descanso sea real. Es inhumano pretender que una población alcance estándares de desarrollo de la OCDE viviendo en condiciones que exigen un esfuerzo de supervivencia diario. Los españoles y los incas lo entendieron por instinto y pragmatismo. Hoy corresponde entenderlo por ciencia y planificación territorial.

Conviene subrayarlo con claridad: estas limitaciones no son rasgo de ningún pueblo ni de ninguna sangre. Son la herencia de una geografía que el colonialismo impuso y que el Estado republicano nunca corrigió. La biología es el diagnóstico; la historia es la causa; la política pública es la solución.

La herencia de los incas: técnicas ancestrales

Mientras no sea posible emprender un reordenamiento territorial de fondo, es vital no olvidar las técnicas ancestrales que dejaron los incas. En paralelo al reordenamiento de largo plazo, estas técnicas ofrecen soluciones inmediatas y de bajo costo: son el kit de supervivencia que puede mejorar la vida en las comunidades de altura antes de que lleguen las inversiones estructurales.

Agua y alimentación: potabilización, riego y almacenamiento

Los incas ya utilizaban el mucílago —la baba del cactus de la tuna— para purificar el agua con una eficacia del 98%. Este floculante natural actúa como un imán molecular que potabiliza el agua sin químicos industriales, usando solo bioquímica natural y sedimentación física.[8] Es una tecnología de tratamiento descentralizada: no requiere plantas de cemento ni cadenas de suministro complejas.

Si el Estado hubiera escalado este conocimiento ancestral en lugar de construir plantas de concreto que quedan abandonadas por falta de mantenimiento, muchos de los distritos con 97% de pobreza tendrían hoy agua potable. En Europa, las soluciones basadas en la naturaleza —las denominadas Nature-based Solutions— son tendencia en política pública. El cactus de la tuna es exactamente eso: una solución de base natural que existe hace siglos en los Andes.

El potencial de replicación es total. En zonas donde el camión con cloro no llega por falta de Provias Rural, capacitar a las comunidades en el uso de floculantes naturales sería una solución que compite, en eficacia, con la carretera digital: el conocimiento se puede transmitir por internet para que la gente purifique su propia agua sin depender de una cadena de suministros rota. Paradójicamente, hoy el Estado —a través del Ministerio de Vivienda y Saneamiento— prefiere los proyectos de infraestructura de concreto y cloro, más fáciles de licitar, pero más difíciles de mantener en zonas dispersas.

Las amunas: siembra y cosecha de agua

Las amunas son sistemas de siembra y cosecha de agua: canales de infiltración que retienen el agua de lluvia en la montaña para que se filtre al subsuelo y aflore meses después en los manantiales —pukios— durante la temporada seca. Con amunas rehabilitadas, las comunidades de altura podrían tener agua para riego durante todo el año, ampliar su frontera agrícola y reducir la dependencia de la bosta como único combustible.[9]

Las qollcas: refrigeración natural

Las qollcas eran el sofisticado sistema de almacenamiento inca: refrigeradoras naturales construidas en laderas altas y ventiladas para aprovechar el frío de la altitud y conservar alimentos durante años. Rehabilitar este principio reduciría la pérdida de cosechas y permitiría a los agricultores esperar mejores precios de mercado en lugar de vender por desesperación ante la falta de refrigeración.

Suelo y cultivo: regulación térmica agrícola

Los waru waru y los andenes son obras de ingeniería de suelos que regulan la temperatura, retienen humedad y protegen los cultivos de las heladas. Ambos aprovechan la masa térmica de la tierra y la piedra, el mismo principio que el muro Trombe aplicado a la agricultura.

Los waru waru son montículos de tierra rodeados de canales de agua, también llamados camellones. El agua acumula el calor solar durante el día y lo libera de noche, creando un microclima que protege los cultivos de las heladas: el gran enemigo de la agricultura por encima de los 3,800 metros.

Los andenes: ingeniería hidráulica y regulador térmico

Los andenes también funcionaban como reguladores térmicos agrícolas. Sus muros de piedra absorben el calor solar de día y lo liberan de noche, evitando que las plantas se congelen. Es, en la práctica, un muro Trombe para la agricultura: la masa del muro guarda calor y lo irradia sobre el cultivo.

Hoy, reconstruir andenes sería la solución más económica y técnica para enfrentar el cambio climático y la escasez de tierras fértiles en altura. Sin embargo, un andén bien construido es también una obra de ingeniería hidráulica. Uno mal ejecutado se derrumba con la lluvia. El diseño original tiene tres capas: una base de piedras grandes para estabilizar el muro; una capa intermedia de grava para el drenaje —si el agua se acumula dentro, el muro explota—; y una capa superior de tierra fértil para el cultivo. A cuatro mil metros, el andén resuelve además dos problemas críticos de la altura: el frío nocturno, gracias al efecto Trombe del muro, y la erosión, porque detiene la tierra y protege la inversión en semillas y abono.

El obstáculo principal no es técnico sino económico y social. Construir andenes exige miles de horas de trabajo físico para mover piedras. En tiempos incas, esto se resolvía mediante la mita, el trabajo comunal organizado por un Estado fuerte. Hoy los jóvenes de las comunidades prefieren bajar a la ciudad antes que pasar meses cargando piedras. Y sin Provias Rural, un comunero que invierte meses construyendo andenes y no puede sacar la cosecha al mercado habrá trabajado para nada.

La solución requiere un programa de trabajo por infraestructura: el Estado paga jornales a los comuneros para restaurar o construir andenes mediante el modelo de núcleos ejecutores, complementado con maquinaria ligera —miniexcavadoras— para agilizar el movimiento de tierras, y garantizando la conectividad vial para que la producción llegue al mercado. El andén es capital reproductivo: a diferencia del cemento de una cocina que se deteriora rápido, un andén bien construido produce y protege durante cientos de años. Sin mercado es una reliquia arqueológica; con mercado, es una ventaja competitiva única.

Energía y calor: cocción eficiente y calefacción solar

El mayor desafío energético en las comunidades de altura es la combustión: cocinar sin intoxicarse y calentar la vivienda sin desperdiciar bosta. Las tres tecnologías siguientes — el k’oncha inca, la cocina rocket y el muro Trombe — atacan ese problema desde la ingeniería térmica, reduciendo el consumo de combustible y eliminando el humo interior.

El k’oncha no era un fogón abierto sobre el suelo. Era una estructura de piedra y barro diseñada bajo tres principios de ingeniería térmica. Primero, una cámara cerrada y aislada: a diferencia del fogón abierto que desperdicia el 80% del calor hacia los lados, el k’oncha concentraba el fuego en una estructura con orificios precisos donde las ollas de base cónica encajaban a presión; la mezcla de arcilla con paja y pelos de camélido creaba un material compuesto que retenía el calor por horas, incluso después de apagado el fuego. Segundo, un sistema de hornillas en serie: el aire caliente de la primera hornilla, aún con mucha energía, pasaba por un canal interno hacia una segunda y tercera hornilla antes de salir, lo que permitía cocinar varios alimentos con un solo fuego. Tercero, conductos de ventilación —puyus— en la base de la pared que generaban una corriente de aire natural, o tiro, para alimentar el fuego desde abajo: a cuatro mil metros, donde hay menos oxígeno, este tiro era esencial para una combustión más potente y con menos humo.

Complementaba al k’oncha la técnica de la pacha manka: enterrar los alimentos con piedras calientes previamente en el fuego. La tierra actúa como una caja térmica perfecta. Una vez enterrado, no se necesita seguir quemando bosta; es cocción sin fuego continuo, una lección de ahorro energético muy relevante donde la bosta es escasa.

Si se combina la ingeniería del k’oncha con las necesidades de salud actuales, el resultado sería una cámara de combustión estrecha que quema la bosta a mayor temperatura y reduce el humo, con orificios que obligan al humo a seguir el camino hacia la chimenea en lugar de escapar hacia la cara del cocinero. El problema de las cocinas rurales modernas de cemento es que absorben y pierden calor; la ciencia de materiales inca —arcilla aislante, piedra— hacía lo contrario.  Las cocinas rocket mantienen este principio.

Las cocinas rocket: ingeniería termodinámica aplicada

Las cocinas rocket mantienen este principio. Para las zonas de altura en el Perú, donde el gas no llega y la bosta o leña son la única opción, la solución técnica más eficiente se basa en el principio de las cocinas rocket o cohete. No son las «cocinas mejoradas» de cemento cuadradas que solía regalar el Estado, sino un diseño de ingeniería termodinámica que aprovecha al máximo el combustible. El objetivo es quemar la bosta de forma tan caliente y rápida que el humo se queme antes de salir. Sus componentes clave son: una cámara de combustión en forma de «L». Un material que funcione como aislamiento térmico, donde el túnel interno debe estar rodeado de un material aislante, que puede ser ceniza tamizada, piedra pómez o arcilla expandida. Y un ducto de humo, que viene a ser una chimenea con tiro. Para que funcione la solución del tiro forzado, la chimenea debe estar conectada herméticamente a la salida de la cámara de combustión. Se debe instalar una plancha de fierro fundido con hornillas selladas. Si la olla encaja perfectamente, el humo no tiene por dónde salir a la habitación y es succionado por la chimenea. Sin embargo, la solución energética alternativa es el biodigestor tubular. Si la comunidad tiene ganado, la solución definitiva para la cocina no es quemar la bosta seca, sino fermentarla. Se instala una bolsa de geomembrana, que sería como un «chorizo» gigante, protegida en una zanja. Se mezcla la bosta fresca con agua y se echa al biodigestor. Las bacterias trabajan solas. Y, por un tubo sale biogás (metano) que llega a la cocina. Con lo cual se obtiene un gas de ciudad. Llama azul, cero humo, cero hollín, cero daño a los pulmones.

Los muros Trombe: calefacción solar pasiva

Los muros Trombe con vidrio o policarbonato son un invento moderno —patentado por el ingeniero francés Félix Trombe en los años 60—, pero su principio base es plenamente incaico.[10] Los incas sabían que las piedras oscuras como el basalto o la andesita absorbían el calor solar durante el día. En sus construcciones de altura diseñaban muros de piedra muy gruesos orientados hacia el sol: esas paredes actuaban como baterías de calor, absorbiendo energía solar de día y liberándola lentamente hacia el interior durante las noches gélidas. Los muros eran de doble ancho con relleno de tierra y paja, lo que generaba un aislamiento térmico superior al ladrillo actual. Las puertas, trapezoidales, se orientaban para captar el sol de la mañana y calentar rápidamente el suelo de tierra o piedra.

Lo que hoy llamamos muro Trombe es esa sabiduría antigua con un vidrio añadido que atrapa el aire caliente y lo fuerza a circular por convección hacia el interior. En lugares como Omacha, instalar un vidrio sobre un muro de adobe o piedra orientado al sol —siguiendo la lógica inca— es lo que finalmente hace habitable la casa sin necesidad de quemar bosta dentro de la habitación.

¿Camino al desarrollo?

Las técnicas ancestrales son el kit de supervivencia, pero no el motor de salida de la pobreza. Con ellas no se va a lograr el desarrollo, lo que sí va a hacer es aliviar las condiciones de miseria y evitar que la gente muera por enfermedades evitables —diarrea por agua sucia, EPOC por el humo—. Pero para pasar de una economía de subsistencia a una de mercado se necesita conectividad.

La productividad rural sube con información y tecnología. De nada sirve que el campesino tenga agua limpia si no tiene semillas mejoradas, fertilizantes y asistencia técnica para que su hectárea produzca diez toneladas en lugar de dos. Las técnicas ancestrales ahorran tiempo y salud al comunero, pero no le generan ingresos monetarios por sí mismas. Si produce un excedente gracias a que tiene más tiempo libre, aún necesita una carretera mantenida para llevarlo al mercado. Si el camino está bloqueado o es una trocha intransitable, el costo del transporte absorbe toda la ganancia. La pobreza sigue ahí, aunque ahora la persona tome agua limpia.

El mundo de hoy es digital. Un joven en la puna necesita internet para conocer el precio de la fibra de alpaca en el mercado internacional y no dejarse estafar por el intermediario; para recibir educación virtual y telemedicina. No se puede instalar un hospital de alta complejidad en cada caserío disperso, pero sí se pueden fortalecer las ciudades intermedias.

Las técnicas ancestrales son eficientes porque permiten vivir sin enfermarse y ahorrando energía: incrementan el capital humano. Provias Rural y las carreteras digitales son el puente que conecta ese capital humano con la economía. Las ciudades intermedias son el destino donde ese esfuerzo se intercambia por dinero y progreso. Sin el puente y sin el destino, las técnicas de los incas son formas muy ingeniosas de seguir siendo pobre, pero con algo más de dignidad. El Estado debe dejar de regalar cocinas y empezar a construir conexiones.

En definitiva, los sistemas para salir de la pobreza son andenes para producir, carreteras para conectar y ciudades para vender.

Glosario técnico e histórico

Encomienda

Institución jurídica colonial que consistía en la entrega de un grupo de indígenas a un español para su supuesta protección y evangelización a cambio de tributos en trabajo o especies. Fue la primera herramienta de control territorial que desplazó poblaciones de sus valles productivos hacia zonas marginales para consolidar el poder de la Corona.

Mita

Sistema de trabajo por turnos de origen incaico que los españoles transformaron en un mecanismo de explotación obligatoria, principalmente minera. Obligó el desplazamiento masivo de familias hacia altitudes extremas como Potosí o Huancavelica, consolidando asentamientos permanentes por encima de los 4,000 msnm para asegurar la mano de obra en los yacimientos.

Reforma Agraria

Proceso de redistribución de la propiedad rural iniciado en 1969 para eliminar el latifundio y la servidumbre mediante la expropiación de haciendas y su entrega a campesinos. Si bien terminó con el gamonalismo, provocó una fragmentación de la tierra que, sin inversión técnica ni conectividad, profundizó el aislamiento de los nuevos propietarios en las zonas de altura.

Pisos ecológicos (archipiélago vertical)

Modelo económico y social propuesto por el etnohistoriador John Murra que describe cómo las comunidades andinas lograban la autosuficiencia mediante el control simultáneo de diversos niveles altitudinales. Un mismo grupo étnico explotaba recursos complementarios — desde el maíz y el algodón en los valles bajos hasta la ganadería de camélidos en la puna — estableciendo colonias permanentes en distintos pisos para asegurar una dieta diversa y seguridad material.

Anexo 1: Valles de oro — la lógica española, la lógica inca y el choque de lógicas

Los valles de oro que los españoles ocuparon, no en un sentido literal sino metafórico, por ser los valles más fértiles, biológicamente cómodos y con acceso a agua y clima templado, fueron: los valles del Vilcanota, Urubamba, Huallaga, Chancay, Lurín, Rímac. Aunque la expresión es poética, se debe decir que los españoles no ocuparon todos los valles por el oro, sino por: Tierras agrícolas, control de rutas y disponibilidad de mano de obra indígena.

Los valles que los españoles ocuparon

ValleRazón principalOtras razones
Valle del Rímac (Lima)Control administrativo y salida al marValle fértil con agua permanente y clima templado. Conexión directa con el puerto del Callao.
Valle del CuscoCapital del Tawantinsuyu; poder simbólico y políticoInfraestructura inca ya construida. Mano de obra concentrada. Tierras agrícolas de alta productividad.
Valle del Urubamba / VilcanotaEl valle sagrado inca; tierras agrícolas excepcionalesMaíz de la mejor calidad del Perú. Ya era el granero del Imperio inca. Los españoles lo convirtieron en zona de haciendas tempranamente.
Valle del Mantaro (Junín)Ruta estratégica entre Lima y CuscoLos Huancas colaboraron con los españoles contra los incas. Valle muy productivo y densamente poblado.
Valle de CajamarcaDonde capturaron a AtahualpaOro y plata del rescate del inca. Valle fértil con población densa. Ganado bovino y ovino prosperó notablemente allí.
Valles de Arequipa (Vítor, Majes, Camaná)Agricultura de exportaciónVino, aceite de oliva, trigo para abastecer el virreinato. Clima excepcional para cultivos mediterráneos.
Valle del Huallaga y AbancayCocaLa hoja de coca era indispensable para los mitayos de las minas. Enormes fortunas se hicieron controlando ese comercio.

En todos los casos la lógica española fue la misma: Clima templado entre 2,000 y 3,200 metros, agua permanente de ríos, población indígena densa y ya asentada para mano de obra disponible, infraestructura inca preexistente, rutas de conexión entre centros de poder.

Lo que desplazó a los indígenas hacia arriba no fue solo la violencia directa, sino el despojo sistemático de precisamente estos valles óptimos, obligándolos a refugiarse donde el español no quería vivir ni podía explotarlos fácilmente.

Valles de oro según los incas

Los incas no pensaban en valles de oro como los españoles. La lógica inca del territorio era radicalmente distinta.  Según el concepto de archipiélago vertical, que John Murra acuña, los incas no valoraban un valle por encima de otro. Su genialidad fue controlar simultáneamente todos los pisos ecológicos:

Lógica inca para ocupar regiones

RegiónProductos
CostaPescado, algodón, frutas
Valles bajosMaíz, coca, ají
Valles mediosPapa, quinua, tubérculos
PunaGanadería de camélidos, charki
Selva altaMadera, plumas, frutas tropicales

Para los incas el oro era tener acceso a todos estos pisos a la vez, no dominar uno solo. El maíz era su oro. Si hubiera que identificar un producto de máximo valor simbólico y político para los incas, sería el maíz del Urubamba y Vilcanota. Con él se hacia la chicha, bebida ceremonial y símbolo de poder del Sapa Inca, se redistribuía en festividades para legitimar el poder. El Valle Sagrado era esencialmente una gran hacienda estatal maicera.

 El choque de lógicas

 IncasEspañoles
Valor del territorioDiversidad de pisos ecológicosConcentración en valles bajos templados
Oro simbólicoMaíz, coca, camélidosOro y plata literales
Relación con la alturaParte esencial del sistemaLugar hostil a evitar
Lógica económicaRedistribución y reciprocidadExtracción y exportación

La coca era otro oro y lo obtenían en los valles de Yungas, Huallaga, Tono y Pillcopata. Su uso era ritual, medicinal y para el trabajo en altura. Y estaba controlado estrictamente por el Estado inca.

La ironía de la historia es que los españoles al apoderarse solo de los valles bajos   destruyeron el sistema que hacía productivo todo el territorio. Los incas habían logrado alimentar a millones, precisamente,  porque nadie era desplazado de su piso ecológico, sino que cada comunidad gestionaba varios a la vez. Al romper ese sistema de archipiélago vertical, los españoles no solo despojaron tierras, sino que destruyeron una tecnología social sofisticada de manejo del territorio que tardó siglos en desaparecer completamente.

Referencias

[1] Para una explicación de por qué los españoles llamaron «valles de oro» a los valles andinos más fértiles, y del contraste con la lógica territorial inca, ver el Anexo 1 al final de este texto.

[2] Los desplazamientos hacia zonas altas comenzaron en etapas tempranas de la conquista. Las reformas borbónicas del siglo XVIII agravaron el proceso al intensificar la presión sobre las comunidades indígenas mediante mayor carga fiscal, reparto forzado de mercancías, expansión de haciendas y reorganización administrativa que redujo autonomías locales. Esto generó nuevas oleadas de desplazamiento y fue causa directa de rebeliones como la de Túpac Amaru II en 1780. La huida hacia las alturas no fue un evento único, sino un proceso continuo que comenzó con la conquista (siglo XVI) y se intensificó con las reformas borbónicas en el siglo XVIII.

[3] Existe un debate historiográfico sobre las intenciones de las reducciones toledanas. Toledo tenía argumentos sanitarios y civilizatorios: concentrar población facilitaba atención médica y evangelización. Sin embargo, los efectos fueron devastadores: sacaron a los indígenas de sus tierras originales, rompieron su relación ecológica con los pisos altitudinales y la concentración facilitó la propagación de enfermedades. Que los pueblos se fundaran cerca de minas como Potosí y Huancavelica revela que el objetivo real era la mano de obra, no la protección de los indígenas.

[4] Eguren, F. (2006). «Reforma agraria y desarrollo rural en el Perú». En Eguren, F. (ed.), Reforma agraria y desarrollo rural en la región andina. Lima: CEPES, pp. 1-21. El autor documenta que el número de explotaciones menores de 1 ha se redujo apenas 12% entre 1972 y 1994, y que el minifundio llegó a representar el 70% del total de explotaciones agropecuarias del país.

[5] Eguren, F. (2009). «La reforma agraria en el Perú». Debate Agrario: Análisis y alternativas, N° 44. Lima: CEPES, noviembre de 2009.

[6] Webb, R. & Urdinola, A. (1993). The Political Economy of Poverty, Equity, and Growth: Peru and Colombia. Oxford University Press. El análisis de Webb sobre la pobreza peruana enfatiza que las barreras estructurales de propiedad y conectividad limitan la capacidad del crecimiento económico a las comunidades más aisladas. El desarrollo posterior de este argumento se encuentra en Webb, R. (2013). Conexión y Despegue Rural. Lima: Instituto del Perú, USMP, donde documenta empíricamente que la distancia geográfica y los costos logísticos son determinantes primarios de la pobreza rural serrana.

[7] Murra, J. (1975). El control vertical de un máximo de pisos ecológicos en la economía de las sociedades andinas. En Formaciones económicas y políticas del mundo andino (pp. 59-115). Instituto de Estudios Peruanos.

[8] Video de referencia: https://youtube.com/shorts/b75XcXJg6Sk?si=oZ4An_LyCqglmWfu

[9] La relación entre agua y bosta en la economía de subsistencia de altura es estrecha. Potabilizar agua por ebullición consume bosta. Si una familia debe recolectar bosta durante tres horas al día solo para cocinar, con frecuencia ahorra ese combustible dejando de hervir el agua y consumiéndola contaminada, lo que genera enfermedades diarreicas que perpetúan la desnutrición crónica. La técnica del cactus rompe ese círculo: potabiliza sin combustible.

[10] Aunque el principio de inercia térmica es plenamente incaico — los muros de piedra masiva de Cusco y Machu Picchu lo aplicaban —, la patente moderna del muro Trombe corresponde al ingeniero francés Félix Trombe, quien en los años 60 añadió una lámina de vidrio y orificios de ventilación para crear una corriente de convección controlada.

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