LOS DIOSES DEL OLIMPO. El culto a los semidioses y el poder creador latinoamericano

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RESUMEN

Durante siglos, los límites del conocimiento y la necesidad de encontrar protección frente a lo desconocido llevaron a las sociedades a construir dioses, semidioses y figuras superiores. Esta conducta persiste hoy cuando determinados investigadores son elevados a una condición casi incuestionable. En la ingeniería vial, la mitificación comienza cuando el prestigio del personaje se impone sobre la evaluación crítica de sus aportes, mientras una corte de seguidores magnifica sus hazañas. En América Latina, esta alienación intelectual puede profundizar la dependencia y relegar a las nuevas generaciones al papel de consumidoras de tecnologías ajenas. El artículo reivindica la capacidad del profesional latinoamericano para estudiar su propia realidad, resolver sus problemas y convertirse en creador del conocimiento que la región demanda.

Antropología mítica

Desde tiempos remotos, las sociedades han colocado en las alturas a los seres que consideraban superiores. En la antigua Grecia, el monte Olimpo era la morada de los dioses, un espacio distante desde el cual aquellas figuras gobernaban, protegían, castigaban y decidían sobre el destino de los hombres. Junto a ellos aparecieron héroes y semidioses dotados de capacidades excepcionales, cuyas hazañas fueron relatadas y engrandecidas de generación en generación.

Aquellas figuras nacieron de narraciones transmitidas durante siglos, y la repetición convirtió las historias en tradiciones y les otorgó autoridad. Desde su raíz antropológica, el mito expresa una necesidad profundamente humana: el reconocimiento de la propia pequeñez y limitación frente a aquello que el hombre no comprende o no puede controlar. La ciencia permitió abandonar esas explicaciones del universo; sin embargo, la naturaleza humana conserva la inclinación a construir figuras superiores que otorguen seguridad y orientación.

El Olimpo contemporáneo

La sociedad contemporánea reconoce a personas capaces de pensar, investigar, descubrir e inventar: los creadores. A su vez, toda comunidad profesional estudia y aplica conocimientos desarrollados por otros, porque la creación siempre parte de una base recibida. Esta relación es natural: quien hoy utiliza una idea ajena puede mañana cuestionarla o convertirla en el punto de partida de una contribución propia.

El problema aparece cuando esta distinción deja de ser circunstancial y se vuelve permanente. Unos serían los llamados a pensar y crear; los demás quedarían destinados a aprender, repetir y aplicar. Los primeros ocuparían el Olimpo; los segundos permanecerían abajo, convencidos de que la producción de conocimiento pertenece a una categoría superior de personas.

La construcción del semidiós contemporáneo suele comenzar con un mérito legítimo: una contribución importante, un método útil, una influencia ganada con trabajo real. La mitificación aparece cuando ese mérito se transforma en veneración —cuando el nombre pesa más que el argumento y las afirmaciones se aceptan por autoridad, sin examinar sus límites, su contexto o su vigencia.

La fabricación de la hazaña

Los semidioses contemporáneos, como los héroes de la antigüedad, necesitan narradores que preserven y engrandezcan sus hazañas. Algunos investigadores realizan aportes excepcionales cuyo prestigio se sustenta en una obra verdadera, aunque la admiración pueda luego exagerar su alcance o presentar como universal una contribución pensada para circunstancias específicas.

Otros alcanzan una notoriedad superior a la importancia real de sus aportes, construida mediante marketing personal, presencia constante en congresos, publicaciones reiterativas y manejo estratégico de relaciones institucionales. Surgen entonces expresiones como «el padre de» o «la máxima autoridad mundial», repetidas hasta convertirse en aparentes verdades históricas. El mito simplifica procesos casi siempre colectivos y graduales: donde participaron numerosos investigadores, selecciona a un protagonista; donde hubo desarrollos paralelos y rectificaciones, construye una trayectoria impecable. El personaje termina desplazando a la obra, y su nombre se convierte en argumento técnico por sí mismo.

Los amanuenses del Olimpo

Todo Olimpo necesita una corte que administre su prestigio: promotores, divulgadores, intérpretes autorizados —los cheerleaders del mundo académico, los cortesanos que celebran cada aparición. Estos personajes, al alcanzar los límites de su propia capacidad creadora, encuentran otra forma de relevancia vinculando su nombre al prestigio de un supuesto gran creador. Su autoridad deja de depender de lo que han producido y pasa a proceder de su cercanía con el maestro.

La relación conviene a ambas partes: el semidiós concede acceso y prestigio, el amanuense devuelve admiración y propaganda. Este organiza homenajes, repite anécdotas, convierte opiniones en doctrina, minimiza errores ajenos y reacciona ante la crítica como si defendiera una verdad sagrada.

“El personaje ofrece el nombre; son sus cortesanos quienes fabrican la hazaña y mantienen el culto”.

Esta dinámica adquiere verdadero poder cuando se institucionaliza. Universidades, asociaciones profesionales, revistas científicas y comités técnicos cumplen funciones indispensables para validar y difundir conocimiento, pero también pueden consolidar jerarquías cerradas: los mismos investigadores participan en los mismos círculos, se invitan mutuamente, se revisan entre sí y conceden reconocimientos recíprocos, mientras los discípulos heredan los espacios de sus maestros. El contenido empieza entonces a competir con el nombre del autor o la institución que lo respalda, y una propuesta nacida en un centro prestigioso obtiene atención internacional casi automática, mientras una solución latinoamericana equivalente puede quedar reducida a experiencia local.

En la ingeniería vial, los amanuenses actúan como intermediarios regionales de ese Olimpo institucionalizado: organizan visitas, difunden doctrinas, reproducen ideas ajenas y obtienen autoridad por su proximidad con los maestros del hemisferio norte. Suele repetirse el mismo patrón: el especialista visitante que dicta, sin variación alguna, la misma conferencia genérica en Lima, Bogotá o La Paz, sin ajustar una sola cifra, un solo caso o un solo dato al país que lo recibe, porque su autoridad no depende de conocer ese territorio sino de la distancia con la que llega. Las normas extranjeras se invocan como argumento final, los programas se utilizan sin examinar sus supuestos, los modelos se adoptan sin la calibración suficiente para nuestros suelos, climas y tránsitos. El prestigio de una institución termina sustituyendo el análisis de aplicabilidad y la comprobación de resultados. Un sistema abierto a la creación latinoamericana reduciría el valor de esa intermediación, porque ya no bastaría con repetir y celebrar conocimientos ajenos: cada profesional tendría que demostrar qué puede aportar al entendimiento de sus propios problemas.

La condena de las nuevas generaciones

Toda disciplina necesita maestros. El verdadero maestro transmite conocimientos y estimula a sus estudiantes para que discutan sus ideas y continúen la tarea; su mayor legado es formar personas capaces de pensar por sí mismas. El semidiós, en cambio, necesita admiradores y fortalece la distancia que lo separa de quienes lo contemplan.

Una generación educada para admirar, citar y repetir aprende también a desconfiar de su propia capacidad. Puede dominar manuales y programas sofisticados, pero difícilmente se sentirá autorizada a modificar aquello que recibió. Así se forman profesionales técnicamente competentes, pero intelectualmente dependientes, que buscan de inmediato una respuesta extranjera incluso cuando fue pensada para una realidad distinta. El daño no está en reconocer a un gran investigador, sino en convertir esa admiración en la convicción de que las grandes ideas ya fueron pensadas y que nuestra tarea se limita a estudiarlas correctamente.

El hemisferio de nuestros problemas

América Latina ofrece a sus profesionales una realidad suficientemente compleja para consagrar generaciones enteras a pensar, investigar y crear. Sus carreteras atraviesan cordilleras, selvas, desiertos, altiplanos y llanuras inundables, sometidas a sismos, lluvias extremas y grandes variaciones térmicas. Se construyen sobre suelos expansivos, materiales volcánicos, bofedales y formaciones geológicas que pocas veces están representadas en los modelos importados. Los pavimentos soportan tránsitos heterogéneos, drenajes deficientes y condiciones constructivas alejadas de los escenarios ideales. En nuestras carreteras existe un inmenso laboratorio todavía insuficientemente aprovechado.

Esta realidad no es una desventaja científica, sino una fuente extraordinaria de preguntas.

“El profesional latinoamericano no necesita reproducir mecánicamente las líneas de investigación de otros países: la magnitud de nuestros propios retos ofrece campo suficiente para desarrollar métodos, materiales y tecnologías propias”.

Un ejemplo concreto ilustra la magnitud del error cuando se ignora esta realidad. Buena parte de la región andina es, a la vez, tropical y de altura: se encuentra próxima a la línea ecuatorial, pero sus carreteras se construyen a 3,000, 4,000 o más metros sobre el nivel del mar. Esa combinación produce un fenómeno prácticamente exclusivo del subcontinente: ciclos térmicos extremos diarios y permanentes, no estacionales. Esto se traduce en calor intenso durante el día y frío extremo durante la noche, todos los días y durante toda la vida útil del pavimento. A ello se suman suelos volcánicos de bajo peso específico, taludes inestables, corrientes subterráneas, bofedales en las zonas planas del altiplano y vientos cruzados de cordillera. Ningún modelo importado fue concebido para representar integralmente esa combinación.

Con frecuencia llegan a la región especialistas del hemisferio norte que ofrecen su experiencia construyendo caminos en los Alpes como credencial suficiente para prescribir soluciones en los Andes. La comparación revela, más que autoridad, un desconocimiento básico del territorio que pretenden intervenir: los Alpes no se encuentran en el trópico, sino en la zona templada de latitudes medias del hemisferio norte, expuesta periódicamente a incursiones de masas de aire polar y, bajo determinadas configuraciones atmosféricas, de aire ártico, donde el desafío térmico responde principalmente a variaciones estacionales — inviernos fríos y veranos cálidos— y no a ciclos extremos diarios que se repiten sin tregua durante décadas. Que semejante diferencia climática pase inadvertida, y que aun así el discurso se reciba como tecnología salvadora, es la evidencia más directa de la tesis de este artículo: no basta con venir del Olimpo para entender el terreno que se pisa.

Creadores de nuestra propia tecnología

Nada de lo anterior propone una mentalidad ni una política autárquica. El reconocimiento del valor de una tecnología desarrollada en el hemisferio norte es, con frecuencia, justo: esos países cuentan con mayor capacidad económica, más recursos de investigación y décadas de inversión sostenida, y sus aportes merecen estudio y aprovechamiento. El problema no es que esa tecnología exista ni que se importe; el problema es que se extrapole de forma automática, sin confrontarla con la realidad local. Y esa realidad no es solamente física —el clima, los suelos, la geografía—; es también una realidad de recursos: de presupuestos, de capacidad institucional, de disponibilidad de materiales y de mano de obra calificada. Una solución técnicamente superior pero insostenible con los recursos de la región no es una solución, sino una aspiración importada. Lo que este artículo reclama no es rechazar el conocimiento ajeno, sino someterlo a una pregunta previa e ineludible: ¿es esta propuesta sustentable y consistente con la realidad —física y de recursos— de quien la va a aplicar?

La autonomía intelectual latinoamericana no exige rechazar el conocimiento extranjero ni desconocer el mérito de quienes lo produjeron. Podemos estudiar a los grandes investigadores y aprovechar sus herramientas. Esa autonomía exige confianza para contrastar lo recibido con nuestros datos, adaptarlo a nuestros materiales y modificarlo cuando deja de responder a lo propio.

Los semidioses del hemisferio norte pueden enseñarnos, pero jamás resolverán íntegramente los problemas nacidos de nuestra geografía, nuestros materiales y nuestra historia. Esa responsabilidad corresponde a quienes recorren, diseñan, construyen y conservan nuestros caminos. La región necesita ingenieros capaces de realizar sus propias contribuciones, no amanuenses dedicados a narrar las hazañas de semidioses lejanos. Cuando el profesional latinoamericano deje de contemplar el Olimpo y dirija su capacidad creadora a resolver los problemas viales del territorio que nadie conoce mejor que él, encontrará las preguntas que le corresponde responder y el conocimiento que está llamado a construir para enfrentar los ingentes retos de una compleja realidad vial que forma parte de su propia vivencia.

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