RESUMEN
Este año 2026 se viene desarrollando un nuevo episodio del Fenómeno El Niño. El proceso comenzó con un intenso calentamiento del mar frente a las costas de Ecuador y el Perú, que posteriormente se extendió hacia el Pacífico ecuatorial central. Los cambios registrados tanto en el océano como en la atmósfera muestran que el fenómeno continúa fortaleciéndose. Los pronósticos indican que podría prolongarse hasta el primer trimestre de 2027 y que sus efectos podrían intensificarse durante los próximos meses.
El monitoreo efectuado por las instituciones especializadas muestra la rapidez de esta evolución. El 20 de mayo de 2026, la temperatura superficial del mar se encontraba 2.1 °C por encima de su promedio climatológico frente a Ecuador y el Perú y 0.9 °C por encima de ese promedio en el Pacífico central. Para la segunda semana de julio, estas diferencias habían aumentado a 3.4 °C y 2.0 °C, respectivamente. El pronóstico oficial peruano estima que, durante el verano comprendido entre diciembre de 2026 y marzo de 2027, existe una probabilidad de 71 % de que El Niño Costero alcance una magnitud fuerte o extraordinaria y de 72 % de que El Niño en el Pacífico central alcance una magnitud fuerte o muy fuerte.
El artículo explica cómo se desarrolla el Fenómeno El Niño, qué instituciones lo vigilan, qué muestra el seguimiento que se viene efectuando y cuáles son sus posibles efectos en las distintas regiones de América Latina. El fenómeno ya está presente y continúa fortaleciéndose. La incertidumbre ya no se refiere a su ocurrencia, sino al grado de intensificación que alcanzará durante los próximos meses y, especialmente, a la magnitud y localización de sus impactos. Su presencia y los pronósticos sobre sus probables efectos, sustentados en los indicadores actuales y en su comparación con episodios pasados, obligan desde ahora a adoptar las previsiones necesarias en los distintos ámbitos y regiones mediante decisiones oportunas, sin esperar a que el fenómeno alcance una mayor intensidad y se reduzca la posibilidad de mitigar sus efectos perjudiciales.
El Niño ya está presente
El Fenómeno El Niño ya se encuentra en desarrollo en el Pacífico tropical. La Organización Meteorológica Mundial —OMM— informó el 31 de julio de 2026 que un episodio fuerte continuaba intensificándose. Los diagnósticos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos —NOAA— y de la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño —ENFEN— describen la misma evolución mediante el calentamiento del Pacífico central y oriental, el aumento del calor subsuperficial, el debilitamiento de los vientos alisios, la propagación de ondas Kelvin cálidas y una respuesta atmosférica cada vez más definida [1]-[3].
El Niño es la fase cálida del sistema El NiñoOscilación del Sur —ENOS—, una interacción entre el océano y la atmósfera del Pacífico tropical. Su presencia no se determina solamente por el aumento de la temperatura superficial del mar. Requiere una evolución coherente de las temperaturas superficiales y subsuperficiales, la termoclina, el nivel del mar, los vientos, las presiones, las corrientes y la convección tropical [4]-[6].
En 2026, esta secuencia apareció primero frente a Ecuador y el Perú. El 20 de mayo, la temperatura superficial del mar en la región Niño 1+2 se encontraba 2.1 °C por encima de su promedio climatológico, mientras en la región Niño 3.4 del Pacífico central la diferencia era de 0.9 °C. Para la segunda semana de julio, los valores habían aumentado a 3.4 °C y 2.0 °C, respectivamente [2], [7]. El calentamiento dejó de ser una señal localizada en el extremo oriental (Perú y Ecuador) y comenzó a abarcar el centro de la cuenca.
La distinción entre ambas regiones es decisiva. Niño 1+2 permite seguir El Niño Costero y su relación inmediata con Ecuador y el Perú. Niño 3.4 es la principal referencia internacional para evaluar el ENOS de alcance global. Ambos procesos pueden coincidir, pero no siempre se desarrollan con la misma intensidad ni al mismo tiempo. En 2026, El Niño Costero se estableció primero y el calentamiento del Pacífico central se consolidó después [2], [6]-[7].
La temperatura superficial muestra solo una parte del proceso. A mediados de julio se registraban diferencias de hasta +7 °C en los primeros 50 metros de profundidad frente a la costa norte del Perú y calentamiento positivo hasta profundidades de 300 a 400 metros. El nivel del mar superaba en más de 20 centímetros sus valores habituales, las corrientes ecuatoriales alcanzaban velocidades de hasta 60 centímetros por segundo hacia el este y la ola de calor marina cubría alrededor de 408,000 km² [2].
El 15 de julio de 2026, el SENAMHI informó que Lima Metropolitana y el Callao acumulaban 70 noches consecutivas con temperaturas superiores a lo normal y diferencias de hasta 5.0 °C en pleno invierno. En el Callao, las temperaturas nocturnas se situaban entre 20.0 °C y 21.6 °C, frente a un valor habitual de 16.0 °C para julio [8]. El calentamiento también modificó la distribución de especies marinas y obligó a suspender la primera temporada de pesca de anchoveta en la zona norte-centro [2], [7]. El Niño Costero, por tanto, ya produce efectos ambientales y económicos.
La evidencia está en el sistema, no en un solo dato
El valor de las observaciones actuales no radica únicamente en su magnitud, sino en su coherencia. Los pulsos de viento del oeste debilitaron los alisios, reforzaron las corrientes hacia el este y favorecieron la propagación de ondas Kelvin cálidas. Estas ondas profundizaron la termoclina, elevaron el nivel del mar y desplazaron hacia Sudamérica parte del calor que habitualmente se acumula en el Pacífico occidental [2][5].
Al quedar la termoclina más profunda en el Pacífico oriental, el afloramiento lleva hacia la superficie aguas menos frías que las habituales. El calentamiento resultante modifica la distribución de las presiones atmosféricas, reduce todavía más el gradiente que sostiene los alisios y facilita un nuevo desplazamiento de agua cálida hacia el este. Esta realimentación entre temperatura, presión y viento constituye el núcleo físico del desarrollo de El Niño [4]-[5].
Desde mediados de junio de 2026 también comenzó a observarse sobre el Pacífico central un mayor ascenso de aire cálido y húmedo, acompañado por un aumento de la nubosidad y de las lluvias, proceso conocido como actividad convectiva. La NOAA registró asimismo anomalías de viento del oeste, incremento del calor subsuperficial y profundización de la termoclina, además de una intensificación de esa actividad sobre el Pacífico central y oriental [3].
La concurrencia y persistencia de estas señales muestran un acoplamiento creciente entre el océano y la atmósfera. Es precisamente este comportamiento conjunto —y no un aumento aislado de la temperatura superficial del mar— el que permite distinguir un calentamiento transitorio de un episodio capaz de fortalecerse y prolongarse. El diagnóstico actual no descansa en una sola temperatura ni en un único modelo, sino en la coincidencia de observaciones obtenidas por boyas, satélites, flotadores, mareógrafos y estaciones meteorológicas, posteriormente analizadas por especialistas [1]-[3], [9].
Lo que anuncian los pronósticos
El escenario oficial se modificó con rapidez conforme aparecieron nuevas observaciones. A finales de mayo de 2026, el ENFEN consideraba más probable un Niño Costero moderado y un Niño central débil. En junio elevó ambas proyecciones y, el 17 de julio, estimó para diciembre de 2026-marzo de 2027 una probabilidad de 71 % de que El Niño Costero alcance una magnitud fuerte o extraordinaria y de 72 % de que El Niño central alcance una magnitud fuerte o muy fuerte [9].
La NOAA calculó una probabilidad de 97 % de continuidad hasta comienzos de la primavera boreal de 2027 y de 81 % de alcanzar categoría muy fuerte durante octubre-diciembre de 2026 [3]. La OMM proyectó una diferencia estacional media cercana a +2.9 °C para agosto-octubre y una intensificación que alcanzaría su máximo en noviembre [1]. Las metodologías no son idénticas, pero las tres evaluaciones coinciden en la continuidad del episodio y en el predominio de un escenario de gran magnitud.
La revisión sucesiva de los pronósticos no constituye una contradicción. Expresa la incorporación de nueva información a medida que cambia el sistema. Los modelos climáticos producen múltiples trayectorias posibles y los especialistas contrastan sus resultados con las observaciones, los sesgos conocidos y el comportamiento físico del océano y la atmósfera [1][5]. En un fenómeno dinámico, mantener sin cambios un pronóstico frente a evidencia nueva sería menos científico que actualizarlo.
Las categorías fuerte, muy fuerte o extraordinaria describen principalmente la magnitud térmica del océano. No constituyen una escala directa de lluvias, caudales, deslizamientos, puentes destruidos o pérdidas económicas. Un episodio intenso aumenta la probabilidad de determinados efectos, pero su expresión territorial depende de la circulación atmosférica, la estación del año, las cuencas, los suelos, el drenaje y la vulnerabilidad acumulada [1], [3]-[5]. La incertidumbre ya no está en la presencia del fenómeno, sino en cuánto más se intensificará y dónde se concentrarán sus impactos.
Las advertencias de 1982-1983 y 1997-1998
Los episodios de 1982-1983 y 1997-1998 constituyen las principales referencias históricas para interpretar el riesgo de un Fenómeno El Niño de gran intensidad en el Perú. El Instituto Geofísico del Perú los identifica como eventos globales extremos del Pacífico oriental, caracterizados por una interacción océano-atmósfera amplificada y por fuertes impactos sobre la infraestructura, la agricultura, la pesca y otras actividades económicas [10].
El episodio de 1997-1998 se desarrolló con extraordinaria rapidez. Entre junio y diciembre de 1997 se establecieron sucesivos récords mensuales de temperatura superficial del mar en el Pacífico ecuatorial oriental. En diciembre, aguas de 28 °C a 29 °C ocupaban la cuenca ecuatorial, las diferencias respecto del promedio climatológico alcanzaban cerca de 4 °C en la región de la lengua fría y la termoclina se había profundizado más de 90 metros en el Pacífico oriental [11].
Los efectos económicos muestran la dimensión de aquellos antecedentes. El SENAMHI estima daños totales de US$ 3,283 millones durante 1982-1983 y de US$ 3,500 millones durante 1997-1998 [12]. Esas pérdidas no correspondieron a una sola obra ni a un solo sector. Expresaron la interrupción simultánea de infraestructura, producción, transporte y servicios en territorios expuestos a lluvias, inundaciones y alteraciones del sistema marino [10], [12].
Estos antecedentes no significan que el episodio de 2026 repetirá exactamente aquella evolución. Sí demuestran la escala que pueden alcanzar las pérdidas cuando coinciden un calentamiento costero intenso, el desarrollo de El Niño en el Pacífico central y un fuerte acoplamiento entre el océano y la atmósfera [10]-[12]. La comparación histórica demuestra que la advertencia actual no es una especulación y sustenta la decisión de actuar.
Una amenaza distinta para cada región
América Latina no enfrentará una sola amenaza. El ENFEN considera más probable que durante el verano 2026-2027 las lluvias sean superiores a lo normal en la costa norte y central del Perú, mientras en la región andina central y sur podrían prevalecer condiciones normales o inferiores [9]. Dentro de un mismo país pueden coincidir inundaciones costeras, déficit de lluvia en sectores andinos y alteraciones en la pesca.
Para agosto-octubre de 2026, la OMM señala mayor probabilidad de precipitaciones inferiores a lo normal en el sur de Centroamérica, partes del Caribe y el noroeste de Sudamérica [1]. En Puerto Rico, esa señal coincide con una sequía ya observable. El sistema estadounidense de información sobre sequías informó que San Juan atravesaba su julio más seco registrado, mientras el embalse Carraízo se encontraba bajo ajustes operacionales para conservar sus reservas y evitar un eventual racionamiento [13]-[14]. El caso no permite atribuir la sequía únicamente a El Niño, pero muestra cómo un pronóstico regional puede superponerse con sistemas hídricos ya sometidos a presión.
En el sureste de Sudamérica aumenta la probabilidad de condiciones más húmedas, con atención particular sobre las cuencas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay. En sectores de la Amazonía oriental, el nordeste de Brasil, el Altiplano y los Andes centrales pueden predominar déficits de lluvia, reducción de caudales y mayores temperaturas [1], [15]. Exceso y escasez de agua pueden presentarse simultáneamente en regiones distintas y exigir decisiones opuestas.
El Niño suele aumentar la cizalladura vertical del viento sobre el Atlántico tropical y reducir la formación de huracanes, aunque una temporada menos activa no elimina el riesgo de que un solo ciclón produzca efectos graves [16]. La planificación regional no puede reducir El Niño a una sola imagen de inundaciones. Debe reconocer una geografía variable de lluvias intensas, sequías, calor, incendios, alteración de caudales y cambios en la actividad ciclónica [1], [15]-[16].
La infraestructura vial en primera línea
Para la infraestructura vial, la temperatura del océano es un indicador precursor. El daño aparece cuando la señal climática interactúa con cuencas, puentes, drenajes, taludes, suelos, pavimentos y corredores vulnerables. La amenaza climática por sí sola no explica la magnitud de una interrupción. Esa magnitud depende del estado del activo, de su exposición y de las consecuencias que produce su falla [17]-[18].
En las regiones expuestas a lluvias, los mecanismos críticos son la socavación de cimentaciones y accesos, la insuficiencia hidráulica de alcantarillas, la erosión de terraplenes, la saturación de taludes, los flujos de detritos, la pérdida de capacidad de soporte de las subrasantes y la inundación de plataformas [17]-[18]. Una precipitación estacional cercana al promedio no excluye una tormenta de corta duración capaz de destruir una estructura localizada.
La evaluación debe descender desde el pronóstico regional hasta el punto vulnerable. Importan la intensidad horaria de la lluvia, la humedad antecedente del suelo, la geometría de la cuenca, el material sólido transportado, la sección disponible del drenaje y la condición de las protecciones de entrada y salida. En puentes y badenes, deben revisarse la socavación, los accesos, la acumulación de troncos y sedimentos y la posibilidad de desvío del cauce [17]-[18].
En las regiones donde predomine la sequía, cambian las amenazas. La escasez de agua afecta la construcción y la conservación; las temperaturas elevadas y los ciclos térmicos intensifican la solicitación de los pavimentos asfálticos; los incendios interrumpen corredores; la desecación de suelos finos altera terraplenes; y los niveles bajos de los ríos afectan las cadenas logísticas multimodales [17]-[19].
La red vial funciona como un sistema. La interrupción de una carretera de acceso a un puerto, una frontera, una mina, una zona agrícola o una población aislada puede generar consecuencias económicas muy superiores al valor físico del tramo dañado [17]. Por ello, la prioridad no debe depender solamente de la jerarquía administrativa de la vía, sino de la función que cumple y de las pérdidas que ocasionaría su interrupción.
Decidir ahora, mientras todavía existe tiempo
Esperar certeza significa perder el periodo disponible para limpiar drenajes, recuperar cauces, revisar puentes, reforzar taludes y defensas ribereñas, asegurar equipos y organizar rutas alternativas. La preparación debe estructurarse mediante escenarios progresivos de impacto y no únicamente según la categoría oceánica alcanzada por El Niño [17].
Un escenario moderado debe activar el mantenimiento pendiente y la corrección de deficiencias conocidas. Un escenario severo exige intervenir los puntos con mayor probabilidad de interrupción, disponer de pasos provisionales y asegurar materiales, equipos y contratistas. Un escenario extremo obliga a planificar la continuidad de los servicios esenciales, los corredores alternativos y las reservas estratégicas [17]-[18].
También deben establecerse umbrales observables que activen decisiones previamente definidas. El nivel del río, la precipitación acumulada, la saturación del suelo, la deformación de un talud, la profundidad de socavación y la pérdida parcial de transitabilidad pueden convertirse en señales operativas. La preparación deja entonces de depender de decisiones improvisadas durante la emergencia y pasa a ejecutarse conforme a condiciones verificables [17]-[18].
El Fenómeno El Niño ya está presente y continúa fortaleciéndose. Los datos actuales, las previsiones oficiales y la experiencia de 1982-1983 y 1997-1998 coinciden en una advertencia que no admite indiferencia. La incertidumbre climática no justifica la inacción; obliga a decidir de manera progresiva, selectiva y técnicamente sustentada. El error sería esperar que el pronóstico se convierta en certeza cuando todavía existe tiempo para reducir los efectos perjudiciales. La espera y la inacción son el combustible de un desastre mayor.
Referencias bibliográficas
[1] World Meteorological Organization. Global Seasonal Climate Update for August–September–October 2026. Ginebra, 31 de julio de 2026.
[2] Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño. Diagnóstico climático y previsión de El Niño–Oscilación del Sur en el Perú al 15 de julio de 2026. Informe Técnico ENFEN, Año 12, N° 13. Lima, 2026.
[3] National Oceanic and Atmospheric Administration, Climate Prediction Center. ENSO Diagnostic Discussion. College Park, 9 de julio de 2026.
[4] McPhaden, M. J.; Zebiak, S. E.; y Glantz, M. H. (2006). “ENSO as an Integrating Concept in Earth Science”. Science, 314(5806), 1740–1745.
[5] McPhaden, M. J. (2002). “El Niño and La Niña: Causes and Global Consequences”. Encyclopedia of Global Environmental Change, vol. 1, 353–370.
[6] Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño. Definición operacional de los eventos El Niño Costero y La Niña Costera en el Perú. Nota Técnica ENFEN 01-2024. Lima, 2024.
[7] Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño. Diagnóstico climático y previsión de El Niño–Oscilación del Sur en el Perú al 24 de junio de 2026. Informe Técnico ENFEN, Año 12, N° 12. Lima, 2026.
[8] Agencia Andina. “Lima y Callao viven una ola de calor nocturna que suma 70 noches consecutivas”. Lima, 15 de julio de 2026. Información proporcionada por el SENAMHI.
[9] Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño. Comunicado Oficial ENFEN N° 13-2026 — Alerta de El Niño Costero. Lima, 17 de julio de 2026.
[10] Montes, I.; Segura, B.; Castillón, F.; Manay, R.; Mosquera, K.; y Takahashi, K. (2023). Pronósticos experimentales del posible FEN para la Comisión ENFEN con un modelo de Sistema Tierra de alta resolución para el territorio nacional y el Pacífico oriental. Informe Técnico. Instituto Geofísico del Perú.
[11] McPhaden, M. J. (1999). “Genesis and Evolution of the 1997-98 El Niño”. Science, 283, 950–954.
[12] Sardón, H., Lavado-Casimiro, W. y Felipe-Obando, O. (2022). Inventario de datos de eventos de inundaciones del Perú. Estudio final. Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI).
[13] National Integrated Drought Information System. Drought Update for Puerto Rico and the U.S. Virgin Islands. Drought.gov, 23 de julio de 2026.
[14] Colón Badillo, R. I. (2026). “AAA busca controlar el descenso de Carraízo para evitar imponer un plan de racionamiento”. El Nuevo Día, 28 de julio de 2026.
[15] Nogués-Paegle, J., et al. (2002). “Progress in Pan American CLIVAR Research: Understanding the South American Monsoon”. Meteorologica, 27, 3–30.
[16] National Oceanic and Atmospheric Administration, Atlantic Oceanographic and Meteorological Laboratory. How Does El Niño Impact the Atlantic Hurricane Season? NOAA-AOML.
[17] Ebinger, J. O.; y Vandycke, N. (2015). Moving Toward Climate-Resilient Transport: The World Bank’s Experience from Building Adaptation into Programs. Washington, D. C.: World Bank.
[18] Muench, S. T., et al. (2023). Pavement Resilience: State of the Practice. Report FHWA-HIF-23-006. Washington, D. C.: Federal Highway Administration.
[19] World Bank. (2025). Preparing Resilient Transportation Systems for Heatwaves. Washington, D. C.: World Bank.

